Claudia: La presidenta de los empresarios
El ciclo se repite: se vota por una izquierda que promete cambio, no cambia nada, el costo lo paga el pueblo y la frustración abre la puerta a la derecha más destructiva. Cuando la izquierda falla, no solo traiciona: prepara el terreno para el desastre.
J. Franco
1/7/20264 min read


Claudia: la presidenta de los empresarios
El discurso se agotó rápido. Lo que Claudia Sheinbaum prometió como continuidad de un proyecto popular hoy se revela como una administración alineada con los grandes capitales, funcional a los intereses empresariales y profundamente ajena a la vida real de la clase trabajadora. No se trata de errores ni de ajustes técnicos: se trata de una decisión política consciente.
Mientras millones de personas sobreviven con salarios que pierden poder adquisitivo, el gobierno optó por vaciar de contenido las reformas laborales. La jornada de 40 horas fue convertida en simulación: dos horas diferidas, sin impacto real, sin voluntad de transformación. La reforma al aguinaldo permanece congelada. No existe ningún mecanismo que garantice su actualización conforme a la inflación. En los hechos, el trabajador paga la estabilidad que el gobierno ofrece a los empresarios.
Este modelo tiene responsables y tiene nombres. Claudia Sheinbaum se ha rodeado de élites económicas que construyeron su riqueza a partir de la explotación laboral y el despojo. Altagracia Gómez y otros integrantes del llamado “consejo asesor” no representan al pueblo ni a los trabajadores: representan intereses empresariales históricos que siempre han presionado para frenar derechos laborales, fiscales y sociales. A su alrededor orbitan magnates, directivos de corporativos, cúpulas empresariales y operadores del poder económico. No están ahí para aconsejar justicia social, sino para marcar los límites de lo que no se puede tocar.
Por eso no hay control de precios de la vivienda. Por eso el mercado inmobiliario sigue expulsando a las familias de las ciudades. Por eso una de las primeras señales del sexenio fue sentarse con fondos financieros internacionales mientras el derecho a la vivienda sigue sin protección. El mensaje fue claro desde el inicio: los negocios primero; el pueblo después.
La contradicción se vuelve aún más obscena en el discurso diario. En la mañanera, como cantaleta, el gobierno repite que 13.5 millones de personas salieron de la pobreza, presentándolo como si fuera un logro propio. Pero todo el país sabe que ese resultado corresponde al sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Claudia Sheinbaum no tiene un solo logro propio comparable, pero se apropia del trabajo político y social de su antecesor para ocultar la ausencia total de resultados reales de su administración.
Y cuando se mira el presente, el vacío es evidente. En materia de seguridad, mejor ni hablar. El país vive con miedo. La violencia no cede, la incertidumbre se normaliza y las víctimas siguen siendo, como siempre, los trabajadores, los jóvenes, las mujeres, los pobres. Los problemas más difíciles —inseguridad, precariedad, carestía, falta de vivienda— siempre caen sobre la misma clase, mientras las élites permanecen blindadas.
A esto se suma la mentira fiscal. Claudia prometió que no habría aumento de impuestos, pero el pueblo sí paga más: más tarifas, más costos indirectos, menos subsidios, menos apoyos. Todo sin una reforma fiscal progresiva. No se toca a los grandes capitales. No se grava a las fortunas. No se combate la elusión corporativa. Los ricos intactos; el pueblo exprimido.
El contraste con el pasado es brutal. De un presidente que al menos confrontaba discursivamente a las élites, pasamos a un gobierno que las integra, las escucha y gobierna para ellas. Ya no se trata siquiera de simulación transformadora: se administra el mismo modelo de siempre, pero con lenguaje técnico, tono moderado y cercanía con los poderosos.
Esto no es transformación. Es continuidad neoliberal con rostro progresista. Si el rumbo no cambia, la historia no recordará a Claudia Sheinbaum como la presidenta del pueblo, sino como lo que ya empieza a ser evidente: la presidenta de los empresarios, una mandataria sin logros propios, sostenida por herencias ajenas y comprometida con proteger a quienes siempre han tenido todo.
Conviene decirlo con toda claridad: nadie está afirmando que el PRIAN o el bloque naranja fueran una opción mejor. Con la botarga o con los naranjas, el país probablemente ya estaría entregado, fragmentado o intervenido abiertamente. Claudia Sheinbaum llegó al poder como el mal menor, y esa es una verdad que no se niega. Pero el problema del “mal menor” es que cuando gobierna sin rumbo, no construye futuro: mata esperanzas.
La historia es conocida. Una izquierda que traiciona, que administra privilegios y que gobierna para las élites económicas, no fortalece al pueblo: lo desmoviliza, lo decepciona y lo empuja al abismo. Cuando la promesa de justicia social se convierte en simulación tecnocrática, lo que sigue no es el centro, sino la ultraderecha, con su violencia, su autoritarismo y su proyecto abiertamente destructivo. América Latina ya lo ha visto. El ejemplo de Argentina está ahí, fresco y doloroso: el fracaso de gobiernos que se decían progresistas abrió la puerta a una derecha salvaje, antisocial y entreguista.
Por eso esta crítica no es gratuita ni oportunista: es una advertencia política. Claudia Sheinbaum gobierna hoy no solo un país, sino un momento histórico frágil. Si su gobierno sigue protegiendo a los grandes capitales, postergando derechos laborales, cargando los costos sobre la clase trabajadora y apropiándose de logros ajenos para ocultar la falta de resultados propios, está pavimentando el camino para un gobierno abiertamente entreguista mañana.
No basta con no ser el PRIAN. No basta con haber sido el “mal menor”. Gobernar sin transformación real no detiene a la derecha: la prepara. Y cuando llegue, no vendrá con moderación, sino con destrucción. Ojo, Claudia: una mala labor hoy puede costarnos el país mañana.
