Nombrar la memoria, sostener el futuro: Carol Itzel y Tadeo más allá del silencio

Haideé Franco

2/12/20265 min read

Nombrar la memoria, sostener el futuro: Carol Itzel y Tadeo más allá del silencio

Las madres de las víctimas de feminicidio merecen palabras que abracen, no etiquetas que reduzcan. Cuando afirmo que no hablo de “víctimas colaterales”, lo hago desde una decisión ética y política consciente. Me niego a reconocer a las madres de hijas víctimas de feminicidio bajo esa categoría. El término no es neutral: surgió en el contexto de la retórica de la lucha antidrogas impulsada durante el gobierno de Felipe Calderón y se difundió como parte de un marco discursivo de seguridad nacional que permitió justificar una estrategia de violencia institucional al presentar ciertas pérdidas humanas como efectos secundarios inevitables. Este desplazamiento lingüístico revela cómo el Estado produce jerarquías de duelo y legitimidad del sufrimiento.

Trasladar esa nomenclatura a las experiencias de las madres implica reproducir una lógica que minimiza el alcance del daño vivido. Sus historias no son consecuencias indirectas ni daños periféricos; constituyen el núcleo mismo de la violencia que las atraviesa. Nombrarlas de otro modo es restituir la centralidad de su dolor, su memoria y su lucha, y desafiar las gramáticas institucionales que intentan desplazar su experiencia hacia los márgenes de lo reconocible.

Pero nombrar también exige ampliar la mirada. La violencia no terminó con la pérdida de sus hijas. Persiste en las ausencias cotidianas, en la memoria que duele, en la búsqueda incansable de justicia y en la forma en que la vida tuvo que reorganizarse alrededor del vacío. Nada de ello es indirecto. Nada de ello ocurre en los márgenes. En ese mismo gesto, es necesario afirmarlo con claridad: Tadeo no es una víctima secundaria ni derivada. Es una víctima directa de la violencia que le arrebató a su madre. Su vida fue atravesada por esa pérdida desde el inicio y debe ser pensada desde esa centralidad, reconociendo las implicaciones materiales, afectivas y estructurales que ello conlleva.

Mi encuentro con Esperanza ocurrió desde la distancia. Actualmente desarrollo trabajo académico en Estados Unidos, desde Louisiana State University, orientado a documentar y analizar las formas en que la violencia feminicida impacta a familias y comunidades. Esta ubicación geográfica no implica distancia ética ni política; constituye una observación situada que busca visibilizar estas historias y sostener espacios de interlocución capaces de nombrar aquello que con demasiada frecuencia permanece fuera del campo de atención institucional y pública.

Antes de que la violencia fracturara su historia familiar, Esperanza trabajó como enfermera en California. Conoce ese país desde la experiencia concreta del trabajo, del cuidado y del esfuerzo migrante. Tal vez por ello la conversación no se instaló en la extrañeza, sino en el reconocimiento de trayectorias entrecruzadas que dialogan a través de fronteras, movilidades y contextos institucionales diferenciados, revelando la dimensión transnacional que atraviesa tanto la memoria como el duelo.

Nuestra conversación comenzó con su autorización para compartir su testimonio. No narraba únicamente una pérdida: sostenía una memoria activa. Entre palabras firmes y pausas cargadas de emoción, dejó claro que recordar es también una forma de resistencia. “Hay cosas que todavía cuestan trabajo decir”, expresó, señalando el umbral entre lo decible y lo vivido, entre la narrativa pública y la experiencia encarnada del duelo.

Hay gestos que condensan una vida entera. Para Esperanza, uno de ellos es la fotografía que lleva consigo. “La llevo conmigo… a las marchas… a donde voy”. No se trata de un objeto simbólico en abstracto; es un vínculo tangible, una forma de presencia. En esa imagen habita el rostro de su hija y la continuidad de una relación que la violencia no logró borrar, convirtiendo la memoria en práctica cotidiana y en dispositivo de acción pública.

La hija de Esperanza se llamaba Carol Itzel Ruiz Aguilar. Tenía diecisiete años. Su feminicidio ocurrió en la alcaldía Iztapalapa, en la Ciudad de México, apenas un mes después de haber cumplido años el 14 de marzo; falleció el 14 de abril. El año no fue enunciado durante la conversación. Registrar esa ausencia no responde a una omisión documental, sino a reconocer que la memoria también se articula a través de silencios y zonas de dolor que no siempre se vuelven narrables. Más de una década después, su ausencia continúa estructurando la vida familiar. Nombrar estas coordenadas temporales y espaciales inscribe su vida y su pérdida en una geografía concreta de violencia que las instituciones tienden a abstraer en cifras. Carol Itzel era joven, madre, hija: una persona en construcción de su propio horizonte vital. “Era mi niña”, dijo Esperanza. Esa frase basta para dimensionar la densidad del vínculo que ninguna categoría administrativa logra capturar.

La violencia que arrebató su vida no terminó allí. Continuó desplegándose en la existencia de Tadeo, su hijo. Hoy tiene catorce años; tenía apenas uno cuando su madre fue asesinada. Creció bajo el cuidado de su abuela en una reorganización profunda de la vida familiar. “Yo lo saqué adelante”, relató Esperanza, no como gesto de excepcionalidad, sino como expresión de una práctica cotidiana de cuidado sostenida en condiciones estructuralmente adversas.

Hablar de Tadeo es hablar de un futuro atravesado por la orfandad materna y por condiciones de vulnerabilidad que exceden lo simbólico. Su trayectoria vital ha sido moldeada por esa ausencia desde el inicio. Crece en un entorno donde el cuidado descansa sobre una abuela cuya salud es frágil y cuya preocupación constante es la incertidumbre sobre quién podrá sostener su vida si ella falta. En las decisiones educativas, en las condiciones materiales y en la estabilidad cotidiana se manifiesta esa precariedad estructural. Reconocerlo no implica victimizarlo, sino situarlo en el centro de una realidad urgente que exige atención ética e institucional.

Esta historia se inscribe en una geografía migratoria compleja. El regreso a México aparece en el relato de Esperanza acompañado de una culpa retrospectiva. Escucharla implica comprender ese sentimiento sin convertirlo en atribución de responsabilidad: la violencia feminicida responde a entramados estructurales que exceden decisiones individuales. Sin embargo, esa carga emocional forma parte del contexto desde el cual cuida, recuerda y continúa sosteniendo la vida cotidiana.

Aquí emerge una dimensión que no puede ignorarse. Carol Itzel contaba con ciudadanía estadounidense. Tadeo, quien crece en condición de orfandad materna, posee reconocimiento documental como ciudadano nacido en el extranjero. Esta condición transnacional introduce interrogantes sobre responsabilidades institucionales que trascienden fronteras nacionales. No se trata de formular afirmaciones jurídicas concluyentes, sino de articular una interpelación ética y pública para que las instancias consulares correspondientes —embajada, consulados u oficinas de atención a ciudadanos— escuchen, orienten y exploren mecanismos de acompañamiento para un menor en situación de vulnerabilidad y para su cuidadora principal.

Regresar a la fotografía de Carol Itzel es regresar al centro del relato. Esperanza continúa llevándola consigo: en marchas, en encuentros, en su vida cotidiana. Esa imagen no pertenece únicamente al pasado; constituye una práctica de memoria, resistencia y proyección de futuro. En ella habita la posibilidad de que Tadeo imagine una vida acompañada, protegida y digna, más allá de la violencia que marcó su origen.

Nombrar a Esperanza, a Carol Itzel y a Tadeo es un gesto mínimo frente a la magnitud de lo vivido, pero indispensable. La memoria y el cuidado no deberían sostenerse en soledad. Deben encontrar respuesta en una comunidad más amplia —institucional, social y humana— capaz no solo de escuchar, sino de acompañar y actuar. Reconocerlo implica asumir que la responsabilidad frente a la violencia no termina en su denuncia, sino en la construcción activa de condiciones que permitan sostener la vida después de ella.

La palabra escrita puede ser memoria, pero también intervención. Puede abrir interlocuciones y activar atención frente a situaciones donde la ciudadanía y los marcos de protección institucional permanecen distantes de las condiciones reales de vida. Nombrar esta dimensión es señalar la gravedad concreta de una situación en la que vulnerabilidad, salud precaria y orfandad convergen y requieren acompañamiento tangible.